Por eso odio que me digas las cosas en el coche mientras conduzco. Porque me voy a quedar en silencio y obviamente no es eso lo que esperas.
Así paro el coche donde sea, luces de emergencia si hacen falta y dejo que te me enganches, torpe al principio hasta que encuentras tu sitio. Entre la base de mi cuello y la oreja derecha hay una peca donde colocar la punta de tu nariz.
Me dejo abrazar, oler y noto que te relajas. Es ese el momento que más miedo me da. Sé que es bueno para ti desahogarte y me alegra que puedas hacerlo conmigo pero me tienes muy poco acostumbrada a verte llorar.
Me vuelvo más pequeña con cada lágrima que cae sobre mí, pero más me duelen las lágrimas que no lo hacen. Las que sé que se quedan en cualquier pañuelo tirado sobre tu escritorio.
Al fin las palabras absurdas dejan hueco a las sinceras y te digo que estoy contigo siempre, que te quiero muchísimo. Tú, que sabes lo que me cuesta y que sabes que es el mejor consuelo que puedes esperar de mí, me miras con esos ojos de avellana que tienes y respondes con tu mejor sonrisa que lo sabes.
- Anda, arranca.
Y yo te hago caso esta vez, aunque sé que te gusta que te discuta.
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