jueves, 23 de diciembre de 2010

Arcoiris que me pierdo.


La madrugada tempestuosa se declaró en pie de guerra y amenazaba con un día de tormentas y vendavales, de oscuridades eternas, de esos en los que lo último que te apetece es salir del rincón en el que estás escondido. La mañana comenzó perezosa, sin ganas de abandonar ese lugar tan cómodo, cálido y acogedor en el que se convierte una cama en tiempo de frío y lluvia, como un nido indestructible, en el que el tiempo no pasa y te conviertes en un ser invulnerable enredado entres sábanas y mantas, pero las obligaciones que aceptamos voluntariamente hay que cumplirlas, por nosotros y por los demás.

El despertar y comenzar la rutina fue difícil, pero había que ponerse en marcha. Encaminado hacia el destino, con buenos propósitos y buena voluntad, con la intención de esta vez sí cumplir con el deber entero y no solo en parte… pero nunca salen los planes como se planean.

Tras una breve confrontación matutina, ya casi rutinaria y aceptada por ambos, nos dedicamos a buscar seises, entre te odios y te quieros, entre caricias y arrumacos, entre cosquillas y susurros, con la música casi celestial de fondo como es esa lluvia intensa, de la que piensas que no podría llover más fuerte, pero la naturaleza siempre nos sorprende. Y en uno de los caprichos de la caprichosa naturaleza quiso que, en busca de encontrar fuerzas en la comida, nos encontráramos otra vez con esa negrura casi perenne hoy, pero quiso el destino que a nuestra espalda surgiera el sol, mientras nos empapábamos de viento y lluvia.

Deseabas que saliera el arcoíris, pero es tan parecido el tiempo a la vida… Hoy el sol apareció entre la apatía, como esos días tristes y amargos de los que no esperas nada, hasta que la ves aparecer, con esa sonrisa suya brillando como el sol en la tormenta, reconfortando cada parte de mi alma, formando un arcoíris en mi corazón.

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