sábado, 29 de octubre de 2011

A pesar de que ahora es tarde.

Le he pedido a tu hija que te dé un saludo de mi parte. A esta hora debería estar poniendo bonito tu lugar de descanso.

He entrado en el estudio y lo he imaginado como estaba antes. Te he recordado en tu butaca, con tu sombrero y el bastón sobre la cama. Casi me ha parecido verte, sonriendo al escucharme entrar. 

Con los años me acostumbré a tu genio, fue fácil para mí si tenemos en cuenta que era tu única alegría. Si alguien me preguntara por ti, de hecho, lo primero que nombraría sería tu coraje.

Nunca sabrás lo mucho que deseaba verte feliz. Por aquel entonces, yo tampoco lo sabía. Me arrepiento, de verdad que me arrepiento, de todas aquellas veces que negué quererte. Al crecer me he dado cuenta de que, si bien no te merecías más que los cuidados de los demás, conmigo nunca fuiste cruel. No sé que te daba, pero te saqué tus últimas carcajadas.

Ojalá hubiera podido tener la madurez suficiente para interesarme por lo que sentías. Quizás, de haber sido así, hoy me habría despertado con el toc toc de tu bastón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario