viernes, 9 de septiembre de 2011

Sus manos.

Recordaba haberse tenido en más alta estima. No hacía mucho tiempo, al mirarse en el espejo se veía más esbelta y cada uno de sus tirabuzones le hacían gracia. 

Ahora no.

Ahora se veía reflejada en el espejo y sus ojos le parecían más pequeños de lo habitual. Le parecía que se veían nublados y se preguntaba si se vería así su alma.

Su cuello le parecía más corto, la piel de su pecho casi transparente y juraría que sus pezones antes estaban más cerca de su barbilla que de su ombligo.

Pero sus manos.

Sus manos la horrorizaban. Parecían ser víctimas de aquella promesa que le hizo. Podría ser que fueran el precio a pagar por envolverse en otra piel.

1 comentario:

  1. El tiempo arranca la juventud de nuestros cuerpos y vamos desapareciendo poco a poco... Solo queda el recuerdo.

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